Según las órdenes de su perentoria ciencia
Dios alimentaría los campos
con la sangre del Hijo
Y aquél hijo, en el último esfuerzo cervical,
el portentoso aullido lanzaría
diezmado como el tigre por el profético encono
Qué infamia la muerte manifiesta
qué inoperancia eterna tiene cautivo
a los grandes destinos
que siempre son tristes
Y aquél costado de bermellón
que en la resequedad de sus comisuras deseantes
cauteló el olvido del Padre...
el postrero estertor sólo alcanza
para conmover la Tierra toda
pero no para consolar su rostro enajenado
Entonces pienso:
que está muy alto para tí, mujer de Magdala
tú que cobijaste en tu piel, la divinidad concupiscente
y remaste hacia las orillas de su tesitura
para fondear en aquella gloria reverberante
de tristeza infinitesimal
Qué inmoral la muerte inmensa.