En el ocaso siempre está Dios con sus alfileres, haciendo el juego monumental del azar y el espanto. Pero también estuvo en los nacimientos más rutilantes, presenciando los gritos más desgarradores. Ahí están sus retoños, repartiéndose sangre, sistemas, civilizaciones, crucifixiones, orgasmos y grilletes para fiesta de su eternidad. Ahí también resuenan en su esternón todas las antagonías felices de su dedo mayúsculo, acusando la vaguedad de nuestras penitencias, relamiendo ciertas epifanías.
El fuego cruzado se marchita en
su silencio, se desbocan todas sus arcas, descarrilan sus hijos pródigos.
Nuevamente. ¡Y la canción que cantaba desde su infame vuelta! Allende Dios no
hay más que un círculo de epidemias, zánganos espirituales, oradores del
pleistoceno. Abarcarán más en su reino las dotes de los sapos, los zánganos
lascivos del mármol y el oro; también los voyeristas que se revuelcan en la
lepra, esperando la imposición de manos.
¡Mustias bestias colisionando en
el centro de su impresencia irremediable!
Y la arena fue dulce como el canto
genésico. Oyó, entonces, que en la repentina aurora se alzaba la mujer sobre la cofia vulnerable
del hombre. Y en aquella dulzura, Dios
descansó un día para dicha del Ángel Caído. Espuma de su boca, batiendo las
manos en sincrónica lujuria, su sino fue el ser entregado a la Tierra para
gloria de La Conciencia, que es como se conocía a la Desdicha. Su peso
específico se dilató en los tiempos venideros, y surgieron de su vientre los
jueces, con el libro del Absurdo en la mano izquierda. Atormentaron los jugos
revoltosos de su inocencia, y mujer y hombre se parapetaron sobre el
rascacielos de su miserable olvido. Y se lanzaron.
Caída la tarde de aquella Navidad definitiva, El Subversivo vertió sus aceites sobre los cuerpos yacentes, inmolados en su desnudez fatídica, sacrificados tras la bella concupiscencia. De sus sexos brotaron las insolubles fuentes de un nuevo Pentecostés: los aceites no pudieron ser mezclados, discurrieron sobre el Orgullo, la Avaricia y el Crimen. Horadaron los campos, sometieron a las semillas en su propia placenta, recorrieron los microorganismos, penetraron en sus fauces, se rebelaron desde sus esfínteres.
Y dijo el cantor:
Una mañana, una mañana tras otra, una tarde que
convoca y una noche que abre las puertas a su abismo. Una tarde, una defensa
tras otra, un gemido antediluvial, y una noche que cobija su sueño, que
tramonta, miles, millones de años.
Una noche, una pesadilla, quizás
un sueño sea Dios, cuando despierte de su letargo con una erección de
tormentosas dudas.