Siempre he tenido esta especie de sospecha: Un gran porcentaje de suicidas son aquellos que, contrariamente a lo que se piensa, amaban más la vida que cualquier mortal. Pero su amor por la vida estaba en un horizonte que apenas vislumbraríamos, del cual apenas solo oímos quizás las resonancias tubulares de una Catedral confinada tras la niebla de nuestras medianías.
Y que para él o para ella, en la ironía amarga del destino...la Catedral se aleja, cuando osa levantar un poco el brazo, cuando insolente, trata de dar un par de pasos...en los arrebatos de su especulación trágica...
El tamaño de su amor en un momento crítico es el tamaño de la caída. Y otra vez: contrariamente a lo que se piensa, su excesiva valentía los lleva a un desesperado último movimiento por asir siquiera la vibración más sutil, el encanto más efímero, el minúsculo rocío de aquella fuente del Edén que tiene su símil en ese simulacro de Eternidad que se marchita, que es la infancia...
Ese desesperado movimiento es la Gran Decepción y todos los fragmentos de la Catedral implosionando en el último latido.