viernes, 13 de febrero de 2015

Una madrugada de invierno.

(…) Y en este lugar, ahora, diviso un roedor batallando contra un destino ancestral, sobre una bolsa de basura. Lo contemplo y creo que es el ser más hermoso que he visto. Mantengo el ritmo de mis pasos, los olvido y olvido también que soy un hombre que parte hacia la nada: hoy tengo un deseo irreprimible de sumergirme en el mar; nado tan mal que la motivación es aún mayor. Para mi resignación, sólo encuentro un charco anegando una de las tantas fisuras en la acera; me veo reflejado en ella y no sé porque me viene a la memoria el olor de tu pelo. Camino. Doy vuelta a la siguiente esquina y me encuentro con una de aquéllas. Me toma del brazo, omnívora. Estoy nervioso pero me detengo, balbucea algo sobre mi sexo, le sonrío y en su mirada veo estallar el llanto de un bebé que mece en sus brazos bajo el techo de un cuartucho alquilado. Debilidad…soy tan compasivo que estoy a punto de ceder –nuevamente- cuando el maleficio venéreo recorre mi cuerpo, absurdo, y me sacude en escalofríos. Le doy una moneda de cinco, ella balbucea otra cosa, algo que no parece ser gracias. Mis pasos me devuelven y el olor de tu pelo me sigue acompañando –obsesivamente.

Llego a la plaza principal, alzo la vista y me topo con el infinito manto negro que cubre este enorme lecho que comparto hoy con mendigos, fracasados, borrachos, maricas de todas las edades, parejas desenamoradas, niños mugrientos blandiendo su inocencia, violentamente. Me maravillo cómo terminarán... Este paisaje conmovedor me incita a cometer un crimen, un hermoso crimen en el que un saxofón comienza a gritar por la coacción de mis pulmones, de mi boca que son las fauces de una bestia irredenta, de un cautiverio metafísico…Veo una pareja de adolescentes y percibo con tristeza que los detesto; veo a dos palomas tratando de copular con premura y decido aplaudir: “¡Que vivan los novios!”. Les arrojo un pancito y adolescentes y palomas libran encarnizada pelea…

Birdsong. Esta noche no es una noche. Desde el momento en que participo de este rito de la baja civilización, esta noche se ha convertido en una pecera. O en una muestra de sangre de Dios: eritrocitos luciferinos, leucocitos serafinescos… ¡Soy un buda del oprobio, un santo cargado de pólvora, un déspota llorón, un holograma de mis ficciones! Acabo de darme cuenta que regalé el dinero con el que podía regresar a casa y entonces río a carcajadas, no sin desesperación, río tantas veces e infinitas luces de neón destellan la palabra muerte. “Un misántropo es el ser con la mayor capacidad para amar”. Ayer recibí el golpe. “No soy misántropo”, pataleé: tengo veintidos años y mañana seré un hijo, un amable vecino, un buen amigo, un manjar de ciudadano…Pero hoy, hoy que habito este cuerpo que me pesa, que siento tan ajeno, lamento que mi espíritu no fluyera confortable en un río o en el mar, undísono. O libre en las exhalaciones de un pétreo árbol pero no en esta armazón mal constituida de carne, huesos y vísceras con las que tengo que arreglármelas…

No obstante, el perfume de tu pelo.
(…)

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