Llego
a la plaza principal, alzo la vista y me topo con el infinito manto negro que
cubre este enorme lecho que comparto hoy con mendigos, fracasados, borrachos,
maricas de todas las edades, parejas desenamoradas, niños mugrientos blandiendo
su inocencia, violentamente. Me maravillo cómo terminarán... Este paisaje
conmovedor me incita a cometer un crimen, un hermoso crimen en el que un
saxofón comienza a gritar por la coacción de mis pulmones, de mi boca que son
las fauces de una bestia irredenta, de un cautiverio metafísico…Veo una pareja
de adolescentes y percibo con tristeza que los detesto; veo a dos palomas
tratando de copular con premura y decido aplaudir: “¡Que vivan los novios!”.
Les arrojo un pancito y adolescentes y palomas libran encarnizada pelea…
Birdsong.
Esta noche no es una noche. Desde el momento en que participo de este rito de
la baja civilización, esta noche se ha convertido en una pecera. O en una
muestra de sangre de Dios: eritrocitos luciferinos, leucocitos serafinescos… ¡Soy
un buda del oprobio, un santo cargado de pólvora, un déspota llorón, un
holograma de mis ficciones! Acabo de darme cuenta que regalé el dinero con el
que podía regresar a casa y entonces río a carcajadas, no sin desesperación,
río tantas veces e infinitas luces de neón destellan la palabra muerte. “Un
misántropo es el ser con la mayor capacidad para amar”. Ayer recibí el golpe.
“No soy misántropo”, pataleé: tengo veintidos años y mañana seré un hijo, un
amable vecino, un buen amigo, un manjar de ciudadano…Pero hoy, hoy que habito
este cuerpo que me pesa, que siento tan ajeno, lamento que mi espíritu no
fluyera confortable en un río o en el mar, undísono. O libre en las
exhalaciones de un pétreo árbol pero no en esta armazón mal constituida de
carne, huesos y vísceras con las que tengo que arreglármelas…
No
obstante, el perfume de tu pelo.
(…)
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