lunes, 21 de septiembre de 2020

Apuntes para un Enésimo y Nuevo Fin de los Tiempos

En el ocaso siempre está Dios con sus alfileres, haciendo el juego monumental del azar y el espanto. Pero también estuvo en los nacimientos más rutilantes, presenciando los gritos más desgarradores. Ahí están sus retoños, repartiéndose sangre, sistemas, civilizaciones, crucifixiones, orgasmos y grilletes para fiesta de su eternidad. Ahí también resuenan en su esternón todas las antagonías felices de su dedo mayúsculo, acusando la vaguedad de nuestras penitencias, relamiendo ciertas epifanías.

El fuego cruzado se marchita en su silencio, se desbocan todas sus arcas, descarrilan sus hijos pródigos. Nuevamente. ¡Y la canción que cantaba desde su infame vuelta! Allende Dios no hay más que un círculo de epidemias, zánganos espirituales, oradores del pleistoceno. Abarcarán más en su reino las dotes de los sapos, los zánganos lascivos del mármol y el oro; también los voyeristas que se revuelcan en la lepra, esperando la imposición de manos.

¡Mustias bestias colisionando en el centro de su impresencia irremediable!

Y la arena fue dulce como el canto genésico. Oyó, entonces, que en la repentina aurora se alzaba la mujer sobre la cofia vulnerable del hombre.  Y en aquella dulzura, Dios descansó un día para dicha del Ángel Caído. Espuma de su boca, batiendo las manos en sincrónica lujuria, su sino fue el ser entregado a la Tierra para gloria de La Conciencia, que es como se conocía a la Desdicha. Su peso específico se dilató en los tiempos venideros, y surgieron de su vientre los jueces, con el libro del Absurdo en la mano izquierda. Atormentaron los jugos revoltosos de su inocencia, y mujer y hombre se parapetaron sobre el rascacielos de su miserable olvido. Y se lanzaron.

Caída la tarde de aquella Navidad definitiva, El Subversivo vertió sus aceites sobre los cuerpos yacentes, inmolados en su desnudez fatídica, sacrificados tras la bella concupiscencia. De sus sexos brotaron las insolubles fuentes de un nuevo Pentecostés: los aceites no pudieron ser mezclados, discurrieron sobre el Orgullo, la Avaricia y el Crimen. Horadaron los campos, sometieron a las semillas en su propia placenta, recorrieron los microorganismos, penetraron en sus fauces, se rebelaron desde sus esfínteres. 

Y dijo el cantor:

Una mañana, una mañana tras otra, una tarde que convoca y una noche que abre las puertas a su abismo. Una tarde, una defensa tras otra, un gemido antediluvial, y una noche que cobija su sueño, que tramonta, miles, millones de años.

Una noche, una pesadilla, quizás un sueño sea Dios, cuando despierte de su letargo con una erección de tormentosas dudas.

sábado, 29 de agosto de 2020

lunes, 17 de agosto de 2020

Requiém para Xu Lizhi


Xu Lizhi (1990 - 2014) poeta de nuestro tiempo y ex-trabajador de Foxconn 
















Cuando expulsada sea del paraíso 
la inocencia alzada en armas
y desollada por las serpientes sea
del acero y la metástasis
cuando el bramido de la sangre
de los que nunca fueron auscultados
se una al estentóreo bermellón de aquella noche infinita
y tengan los peces que devorar nuestros barriles de mezquindad
y nuestros orines ponzoñosos
cuando la música de los elementos
haya dejado de sonar en el corazón del hombre
y sea indispensable trasplantar a sus venas
la savia escurrida por las riveras de la locura
O cuando Dios no resuene ya en todas y cada una de las cosas
y more en las baldosas de un templo en llamas
acribillado en la bolsa de valores
descoyuntado en las fauces de las máquinas concupiscentes

O cuando el mar se haya retirado
para inundar las reticentes islas
de los que dejaron selladas sus puertas y sus bocas
y cuando sus cabezas sean cercenadas, puestas en valor
en las ferias de la abundancia que los cuervos asolan
y dejen los restos mutilados repartirse
entre la menudencia
de los gimnasios y los anaqueles virtuales 

cuando se celebre el milagro económico 
de un centenar de cristos crucificados
en el lujurioso Gólgota del rascacielo, el semáforo y el neón
sobre la extendida sombra de un alma empalada por la miseria y el olvido

O cuando no haya canción que perpetrar ya
en el eco abrumador 
de la carne y el plástico fornicando
y no se pueda oír más el silencio maternal
de la algarabía de la Creación.

Tan sólo el ruido de los neumáticos
triturar los huesos púberes de la esperanza

Cuando a la alborada, el milenio abra a las fieras las compuertas
para que así depositen sus heces
en nuestros modestos y pequeños jardines
y engullirse los nidos de nuestros sueños retoños

O, tal vez, 
cuando no haya reptil que no se avergüence ya
de haber engendrado a su propio asesino.

Violenta resonancia de las exhalaciones:

Cuando todos estos signos se hallasen consumados
la acera de una monótona calle
como muchas en China y en el mundo
oirá el rumor del último canto.

Horadada por un cuerpo celeste
llamado Xu Lizhi.


viernes, 3 de julio de 2020

Cristo es la Carnada del Perpetuo Asombro

Según las órdenes de su perentoria ciencia
Dios alimentaría los campos
con la sangre del Hijo
Y aquél hijo, en el último esfuerzo cervical,
el portentoso aullido lanzaría
diezmado como el tigre por el profético encono

Qué infamia la muerte manifiesta
qué inoperancia eterna tiene cautivo
a los grandes destinos
que siempre son tristes

Y aquél costado de bermellón
que en la resequedad de sus comisuras deseantes
cauteló el olvido del Padre...
el postrero estertor sólo alcanza
para conmover la Tierra toda
pero no para consolar su rostro enajenado

Entonces pienso:
que está muy alto para tí, mujer de Magdala
tú que cobijaste en tu piel, la divinidad concupiscente
y remaste hacia las orillas de su tesitura

para fondear en aquella gloria reverberante
de tristeza infinitesimal

Qué inmoral la muerte inmensa.

domingo, 21 de junio de 2020

Jordán y Cincel

He dibujado este principio, una doliente noche
en que retocando con mis propias manos
cincelé sobre mis heridas abandonadas
delinear el trazo continuo hacia la segura cartografía
de su perdurabilidad irrevocable

He deshecho ciertas magnitudes
que no me pertenecían
y se las he ofrecido a los ebrios monjes
que danzan desnudos por mi sala
a la mujer que amó una palabra mía
y a aquellos huérfanos sueños
sepultados como perros anónimos
tras la plétora incandescente

Me he vestido con sus ropas
y me he bañado en sus ríos
de aquél no he salido indemne
del que me presume hijo
y corre exultante bajo mis pies


¿o es aquél que de su maravillosa órbita
me lanza contra una roca despedazarme
y quizás, con sorpresa suya, horadar su imposible
y así tanto como el agua, ser y nada?