Mis días me encuentran como un péndulo. Oscilo entre el mayor de los odios y el más grande de los amores. Entre el desprecio por la humanidad, por su juego incomprensible, perverso; y el amor por la esperanza, por una indecible euforia por abarcarlo todo. No tengo equilibrio alguno que me sostenga para ser un hombre de bien, un tipo al que se espera un comportamiento deseable, corriente, saludable. Soy un odiador y lo reconozco, me cuesta hacer como si nada, como si fuera sordo al llanto, la hipocrecía, el cinismo y la indiferencia narcisista triunfantes.
Pero también soy un amante y podría embarcarme en lo más utópico con tal de que se me devuelva tan solo un poquito de la esperanza que aún late en mis entrañas más profundas. Porque la inocencia de las criaturas aún me conmueve en lo más duro de esta caparazón pretensiosa que adolece mi torpeza emocional.
Quisiera ver la grava crecer en mi corazón. Pero me voy agotando esperando la lluvia.
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