Pienso en Ligeti mientras escucho
a Ravel. Y extraño las lecturas de Bukowski por sus dosis –en aquellos días- de
despreocupación macerada en descarnada profundidad. Pienso en Ligeti por las
formas, la proyección, los conceptos de la vida con su incandescente
transformación. Gozo en Ravel el color –los- todos ellos: verdes, fucsias,
blandos y generosos, azules como el sueño del océano siendo Júpiter. Veo el
vals sobreviniéndose, me rodea y luego me mece. Recuerdo a Bukowski por su
maltratado rostro, región volcánica que ocultaba la lava de la misantropía comprometida,
aquella que deja ver la melancolía por un renacimiento de la comunión humana.
De la verdadera.
(...)
Siento mi soledad resonando como
violines que emanan armonías austeras, controladas pero aún tensas. Tensas como
el inicio de una obra de Messiaen, con que deleito estos últimos minutos de mi
corazón antes de dormitar.
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